domingo, 31 de marzo de 2013

Aborto es un «holocausto silencioso» y una «masacre de inocentes», denuncia Monseñor Munilla

jose_ignacio_munillaSeñaló la «contradicción» que supone buscar niños adoptados en países lejanos, cuando al mismo tiempo «se rechaza la posibilidad de dar en adopción al hijo de nuestra entrañas».


A su juicio, se trata de una actitud «hipócrita» que no prioriza el bien del niño. Por ello, el prelado donostiarra ha realizado el siguiente llamamiento: «¡No los matéis!, dádselos a quienes también les aman, y están dispuestos a dar su vida por ellos», «la experiencia nos permite constatar que la segunda víctima del aborto es la mujer, puesto que no sólo conlleva el poner fin injustamente a una vida inocente, sino que también supone una especie de ‘suicidio espiritual’ por parte de la propia mujer».


Más Info: http://infocatolica.com/?t=noticia&cod=16915

¿Se puede ser cristiano sin creer en la Resurrección?

Creer en la resurrección de Jesús, para el cristiano, es la condición de su existencia: somos cristianos porque creemos que Jesús está vivo


Creer en la resurrección de Jesús, para el cristiano, es la condición de su existencia: somos cristianos porque creemos que Jesús está vivo, triunfó de la muerte y es, para todos los hombres, el único mediador entre Dios y el hombre. De esa mediación participa de algún modo todo (el universo y cuanto contiene) y todos aquellos (desde los más sabios a los más humildes) que, con su palabra o su vida, proclaman el poder y la misericordia de Dios.

1. La fe en la resurrección de Jesucristo, que no tiene nada que ver son la simple reanimación de un cadáver, es el fundamento del mensaje cristiano. La fe cristiana estaría muerta sin esta verdad. 

La fe en la resurrección de Jesús es algo tan esencial para el cristiano que san Pablo llega a escribir: “Si Cristo no resucitó, nuestra predicación está vacía, y vacía también vuestra fe” (1Cor 15, 14).

La resurrección de Cristo no es el mero milagro de un cadáver reanimado. No es el mismo acontecimiento que sucedió con otros personajes bíblicos como la hija de Jairo (cf. Mc 5, 22-24) o Lázaro (cf. Jo 11, 1-44), que fueron devueltos a la vida por Jesús pero que más tarde, en otro momento, volverían a morir físicamente.

La resurrección de Jesús “fue el cambio a un tipo de vida totalmente nuevo, a una vida ya no más sujeta a la ley del morir y del transformarse, sino situada más allá de esto: una vida que inaugura una nueva dimensión del ser hombre”, explica el Papa Benedicto XVI en el segundo volumen de su libro “Jesús de Nazaret”.

Jesús resucitado no volvió a la vida normal que tenía en este mundo. Esto fue lo que sucedió con Lázaro y otros muertos resucitados por Él. Jesús “se fue a una vida diversa, nueva: se fue hacia la inmensidad de Dios, y es a partir de ella que Él se manifiesta a los suyos”, prosigue el Papa.

La resurrección de Cristo es un acontecimiento dentro de la historia que, al mismo tiempo, rompe el ámbito de la historia y la sobrepasa. Benedicto XVI la explica con una analogía. “Si se nos permite por una vez usar el lenguaje de la teoría de la evolución”, la resurrección de Jesús es “la mayor ‘mutación’, en absoluto, el salto más decisivo hacia una dimensión totalmente nueva, como nunca se había producido en la larga historia de la vida y de sus avances: un salto hacia un orden completamente nuevo, que tiene que ver con nosotros y que habla respecto a toda la historia” (homilía de la Vigilia Pascual de 2006).

Por tanto, la resurrección de Cristo no se reduce a la revitalización de un individuo cualquiera. Con ella se inauguró una dimensión que afecta a todos los seres humanos, una dimensión que creó para los hombres una nueva forma de vida, estar con Dios”, explica el Papa en el libro “Jesús de Nazaret”.

Referencias
– Joseph Ratzinger-Benedicto XVI: “Jesús de Nazaret - Da entrada de Jerusalém até a Ressurreição”. São Paulo, Planeta, 2011.
– Benedicto XVI: homilía de la Vigilia Pascual de 2006 (http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/homilies/2006/documents/hf_ben-xvi_hom_20060415_veglia-pasquale_po.html)

2. Los relatos evangélicos, en su diversidad de formas y contenidos, convergen todos en la convicción a la que llegaron los primeros seguidores de Jesús, de que su acción salvadora cumplía la promesa de Dios hecha desde el origen de la humanidad, de salvar al hombre de la muerte.

El  misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento que tiene manifestaciones históricamente constatadas, como atestigua el Nuevo Testamento. Al mismo tiempo, es un acontecimiento misteriosamente trascendente, en cuanto que entrada de la humanidad de Cristo en la gloria de Dios (cf. CIC, 639 e 656).

Dos señales de la resurrección son reconocidas como esenciales por la fe de la Iglesia católica. La primera es el testimonio de las personas que se encontraron con Cristo resucitado. Estos testigos de la resurrección de Cristo son, ante todo, Pedro y los Doce apóstoles, pero no solamente ellos. San Pablo habla claramente de más de quinientas personas a las que Jesús se apareció de una sola vez, además de Santiago y de todos los apóstoles (cf. CIC, 642; 1 Cor 15, 4-8).

La segunda señal es la tumba vacía. Significa que la ausencia del cuerpo de Jesús no podría ser obra humana. El sepulcro vacío y los paños de lino en el suelo significan por sí mismos que el cuerpo de Cristo escapó de las cadenas de la muerte y de la corrupción, por el poder de Dios.

El teólogo Francisco Catão, doctor en Teología por la Universidad de Estrasburgo y profesor del Centro Universitario Salesiano de São Paulo, explica que las señales del sepulcro vacío y de las apariciones de Jesús resucitado fueron válidos para los apóstoles y los primeros seguidores de Jesús.

“No hay porque, racionalmente, dudar. Seria levantar la sospecha de inautenticidad histórica de todo el Nuevo Testamento, de lo que hoy, después de los choques de la exégesis liberal y de la ciencia mal informada, ningún autor serio científicamente acredita”.

“El Nuevo Testamento relata la muerte de Jesús y sus primeros seguidores, interpretando las señales de la tumba vacía y de las apariciones. Hecho que afirmaron solemnemente, con base en las Escrituras. Animados por el Espíritu Santo, dieron el testimonio de su vida por la fe en Jesús, vivo junto a Dios, como lo sabemos desde los Hechos de los Apóstoles”, afirma el teólogo.

Referencias:
– CIC (Catecismo da Igreja Católica) http://www.vatican.va/archive/cathechism_po/index_new/indice_po.html.

3. El ser humano siente su propia finitud, pero anhela la eternidad. En este sentido, la resurrección es la fuerza del amor de Dios que vence a la muerte. No es un acto cerrado en sí, que pertenece sólo a la divinidad de Cristo, sino que es el principio y la fuente de nuestra propia resurrección futura.

Sólo existe “uno” que nos puede amparar, “el que es, es que no pasa ni cambia, el que permanece en medio de cambios y transformaciones, el Dios vivo, el que no sólo mantiene la sombra y el eco de mi ser, aquel cuya idea no es simplemente pura reproducción de la realidad” (Joseph Ratzinger, “Introducción al Cristianismo”).
En este sentido, la resurrección “es la fuerza mayor del amor frente a la muerte. Ella prueba, al mismo tiempo, que la inmortalidad sólo puede ser fruto del existir en el otro que continua de pie incluso cuando yo he caído” (idem).

Los relatos de la resurrección de Jesús atestiguan un hecho nuevo, que no brotó simplemente del corazón de los discípulos. Se trata de un hecho que llegó a ellos desde fuera, se apoderó de ellos contra sus dudas y les hizo tener la certeza de que Jesús realmente resucitó.

“Aquel que estaba en la tumba ya no está allí, sino que vive – y es realmente él mismo. El que pasó al otro mundo de Dios se mostró suficientemente poderoso para mostrarles de forma palpable que era él mismo el que se encontraba ante ellos, que en él el poder del amor se había revelado realmente más fuerte que el poder de la muerte” (idem).

La resurrección de Jesucristo constituye la corroboración de todo lo que el propio Cristo hizo y enseñó. Todas las verdades, también las más inaccesibles al espíritu humano, encuentran su confirmación si, al resucitar, Cristo dio la prueba definitiva, que había prometido, de su autoridad divina (CIC, 651).

Ningún hombre puede resucitar a un muerto. Por tanto, si Jesús, como hombre, resucitó, esto es obra de Dios. La resurrección de Jesús crucificado demostró que él era verdaderamente el Hijo de Dios y Dios mismo (CIC, 653).

La resurrección es el cumplimiento de las promesas del Antiguo Testamento y de las promesas que el propio Jesús hizo durante su vida terrestre. La verdad de la divinidad de Jesús es confirmada por su resurrección.

La resurrección de Jesús no es un acto cerrado en sí. Es el inicio de un proceso que se extiende a todos los hombres. Es el principio y la fuente de la resurrección futura de los hombres, actuando “desde ya para la justificación de nuestra alma” y, más tarde, “para la vivificación de nuestro cuerpo” (CIC, 658).

“No ha sido nada fácil, a través de la historia, ni lo es actualmente, para los cristianos, mantener su fe. Nunca, tampoco, les ha faltado la asistencia del Espíritu, sino para probar la resurrección, al menos para poner de manifiesto que no puede ser válidamente contestada, por ningún tipo de argumento científico o filosófico”, afirma el teólogo Francisco Catão.

Referencias:
– CIC (Catecismo da Igreja Católica) http://www.vatican.va/archive/cathechism_po/index_new/indice_po.html.
– Joseph Ratzinger: “Introdução ao Cristianismo”. São Paulo, Loyola, 2005.
– Dom Estêvão Bettencourt, OSB. “Pergunte e Responderemos”, 351,http://pt.scribd.com/doc/13965374/ANO-XXXII-No-351-AGOSTO-DE-1991.


FUENTE: http://www.aleteia.org/es/religion/q&a/se-puede-ser-cristiano-sin-creer-en-la-resurreccion-470002

sábado, 30 de marzo de 2013

Sábado Santo: ¿Qué pasó hoy?

Todo el dia de hoy, el Cuerpo de Jesús reposa en el Sepulcro, frio y sin vida. Ahora nos damos cuenta de lo que pesan nuestros pecados. Jesús ha muerto para redimirnos. 


Sin embargo los Cristianos sabemos que Jesús resucita, es la condición de nuestra existencia. Somos cristianos porque creemos que Jesús está vivo, triunfó de la muerte y es, para todos los hombres, el único mediador entre Dios y el hombre. De esa mediación participa de algún modo todo y todos aquellos  que, con su palabra o su vida, proclaman el poder y la misericordia de Dios.


La resurrección de Jesús “fue el cambio a un tipo de vida totalmente nuevo, a una vida ya no más sujeta a la ley del morir y del transformarse, sino situada más allá de esto: una vida que inaugura una nueva dimensión del ser hombre”, explica el Papa Benedicto XVI en el segundo volumen de su libro “Jesús de Nazaret”.


 

viernes, 29 de marzo de 2013

Viernes Santo: Flagelación

La flagelación: cómo, cuándo y por qué


 


La flagelación en sí no fue un castigo exclusivo para Jesús. Lo mandaba la ley. La flagelación era un preámbulo legal a toda ejecución. Había una excepción: los ciudadanos romanos condenados a decapitación no eran flagelados, sino fustigados con el látigo. Esto se hacía, según Tito Livio, en el mismo lugar del suplicio, inmediatamente antes de la decapitación.


Los condenados a crucifixión eran flagelados habitualmente durante el trayecto que había entre el lugar donde se dictaba la sentencia y el del suplicio. Muy raro, como en el caso de Jesús, que se llevara a cabo en las dependencias del tribunal. Esto sólo se hacía en los casos en que la flagelación era sustitutiva de la pena capital. El caso de Jesús fue raro. Su flagelación no fue la legal que precedía a toda ejecución y que se daba en el trayecto, camino del suplicio, sino que constituyó un castigo especial, como veremos. Esto exige dos explicaciones: cuándo le flagelaron y el por qué.


Mateo y Marcos no nos dicen ni cuándo ni el por qué, sólo constatan el hecho: “Y habiendo hecho flagelar a Jesús, (Pilato) lo entregó para que lo crucificaran“. Lucas es más explícito, y cuando está explicando los esfuerzos de Pilato para salvar a Jesús, al final nos cita una frase del Prefecto: “Le castigaré y luego le soltaré“. Ya vislumbramos algo. Juan nos afirma que Jesús fue flagelado durante los juicios de Pilato.



Ya tenemos el cuándo. Veamos ahora el por qué:


Pilato juzga que la primera acusación hecha a Jesús: “Se ha hecho Hijo de Dios y según nuestra ley debe morir“ no caía bajo la ley romana. Era cuestión religiosa y la Justicia romana no actuaba en estos casos para dirimirla. Por lo que consideró a Jesús inocente: “No encuentro en él, causa alguna de condenación“.


Tras una deliberación de los judíos, éstos hacen una segunda acusación que sí entraba dentro de la Ley Judía: Había permitido ser aclamado Hijo de David que según ellos iba a ser su rey. Quería hacerse rey y esto iba contra el Emperador. Pilato tiene obligación de atender esta acusación. Pilato pregunta a Jesús sobre su realeza y, no sacando nada en claro, lo considera de nuevo inocente.


Enterado de la estancia de Herodes en Jerusalén y siendo Jesús su súbdito, Pilato se lo envía a ver si le resuelve el problema. No es así y Pilato en el tercer juicio dice a los judíos: “Ni Herodes ni yo encontramos en él causa alguna de muerte“.


Después de los fracasos anteriores, Pilato equipara a Jesús con un criminal y ladrón, con Barrabás. La propuesta era, a quién de los dos querían que les soltase. La plebe prefiere a Barrabás, a la vez que grita que Jesús sea crucificado.


 Ante las decepciones anteriores, Pilato decidió dar a Jesús un sustitutivo de la pena capital, para acallar al pueblo: “Le castigaré y luego le soltare“. Después de este episodio, es cuando Jesús es flagelado y viene el hecho del ECCE HOMO.



Y tenemos pues, el cuándo y el por qué.


Una vez que se dio la orden de castigo, Jesús fue atado con cuerdas gruesas y resistentes. Las manos por encima de la cabeza, quedando así, casi suspendido de la parte alta de la columna o del techo. De esta manera quedaba inutilizado, para que no pudiera defender algunas partes del cuerpo con los brazos, y para que en el caso de shock, no cayera al suelo.


El instrumento utilizado para la flagelación, fue el flagrum taxillatum, que se componía de un mango corto de madera, al que estaban fijos tres correas de cuero de unos 50 cms., en cuyas puntas tenían dos bolas de plomo alargadas, unidas por una estrechez entre ellas; otras veces eran los talli o astrágalos de carnero. El más usado era el de bolas de plomo.


El número de latigazos, según la ley hebrea, era de 40, pero ellos por escrúpulos de sobrepasarse, daban siempre 39. Pero Jesús fue flagelado por los romanos, en dependencia militar romana, por tanto “more romano”, es decir, según la costumbre romana, cuya ley no limitaba el número. Sólo estaban obligados a dejar a Jesús con vida, por dos razones: una, para poder mostrarle al público para que éste se compadeciera (era la intención de Pilato), y la otra, para que en caso de condena a muerte, llegara vivo al lugar de suplicio y crucificarlo vivo: era le ley.


Cuando los clásicos latinos nos hablan de esta flagelación “more romano”, nos dicen que el reo quedaba irreconocible en su aspecto y sangrando por todo el cuerpo. Así quedó Jesús. Por eso a la pregunta: ¿cuántos latigazos dieron a Jesús? la respuesta es, hasta que le dejaron irreconocible; hasta que se cansaron. La ley romana no limitaba el número. Todas las partes del cuerpo de Jesús fueron objeto de latigazos. Eso sí, respetaron la cabeza y la parte del corazón, porque hubiera podido morir, como les había sucedido con otros. Y en este caso tenían una consigna: no matarlo. Así lo había mandado Pilato: “Le castigaré y luego le soltaré“.


FUENTE: CATHOLIC.NET, CHRISTUSREX.ORG


 Autor: P. Constancio Cabezón o. f.m. (cardiólogo)

jueves, 28 de marzo de 2013

Jueves Santo

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La Iglesia nace con la Eucaristía. Todos nosotros comemos del mismo pan, recibimos el mismo cuerpo del Señor y eso significa: Él nos abre a cada uno más allá de sí mismo. Él nos hace uno entre todos nosotros. La Eucaristía es el misterio de la íntima cercanía y comunión de cada uno con el Señor.


Benedicto XVI



¿Qué pasó hoy?


Por la mañana del Jueves, Pedro y Juan se adelanta para prepara la Cena en Jerusalén.


A la tarde llegaron al Cenáculo. Allí Jesús lavó los pies uno a uno. Luego, sentados a la mesa, celebra la primera Misa: les da a comer su Cuerpo y su Sangre y les ordena sacerdotes a los Apóstoles para que, en adelante, ellos celebren el memorial. Judas salió del Cenáculo antes de terminar, para entregarle. Jesús se despidió de su Madre y se fue al huerto de los Olivos.


Allí ve lo que le espera y suda sangre. Los discípulos se durmieron. Llegó Judas con todos los de la sinagoga y le da un beso. Entonces, le cogieron preso y todos los Apóstoles huyeron. Lo llevan al Palacio de Caifás, el Sumo Sacerdote.


Por lo tanto, hoy celebramos tres grandes regalos. El primero, la institución del sacerdocio; es decir, cuando Jesús dice a los apóstoles que hagan la Eucaristía en memoria suya, les da el poder que les hace sacerdotes.


En segundo, hoy Jesús instituyó la Eucaristía misma. El tercero, hoy nos dio el mandamiento fundamental para los cristianos: ‘Este es mi mandamiento, que os améis unos a otros como Yo os he amado’.


martes, 26 de marzo de 2013

iPasión: app para Semana Santa

iPasión

Lleva en tu bolsillo siglos de Historia, arte, reflexiones y curiosidades que han surgido en torno a la Pasión de Cristo. El creador de iMisa, iNavidad y otras muchas iniciativas, nos presenta ahora iPasión.


En ella podrás encontrar más de 50 audios con los que le encontraras sentido al sufrimiento y aprender a gestionarlo. Se trata de una buena compañía para esta Semana Santa, pero sirve también para todos los viernes del año y todas esas ocasiones en las que necesitas profundizar en el misterio del Dolor.


La aplicación la puedes conseguir para iPad, iPhone o Android por tan solo 1,79€ . 

"No os dejéis robar la esperanza"

El Domingo de Ramos en la Homilía el Papa Francisco se ha dirigido a los jóvenes para pedirnos que digamos al mundo lo bueno que es ser Cristiano. A continuación dejamos el fragmento en el que se dirige a nosotros:


Hoy están en esta plaza tantos jóvenes: desde hace 28 años, el Domingo de Ramos es la Jornada de la Juventud. Y esta es la tercera palabra: jóvenes. Queridos jóvenes, os he visto en la procesión cuando entrabais; os imagino haciendo fiesta en torno a Jesús, agitando ramos de olivo; os imagino mientras aclamáis su nombre y expresáis la alegría de estar con él. Vosotros tenéis una parte importante en la celebración de la fe. Nos traéis la alegría de la fe y nos decís que tenemos que vivir la fe con un corazón joven, siempre: un corazón joven incluso a los setenta, ochenta años. Corazón joven. Con Cristo el corazón nunca envejece. Pero todos sabemos, y vosotros lo sabéis bien, que el Rey a quien seguimos y nos acompaña es un Rey muy especial: es un Rey que ama hasta la cruz y que nos enseña a servir, a amar. Y vosotros no os avergonzáis de su cruz. Más aún, la abrazáis porque habéis comprendido que la verdadera alegría está en el don de sí mismo, en el don de sí, en salir de uno mismo, y en que él ha triunfado sobre el mal con el amor de Dios. Lleváis la cruz peregrina a través de todos los continentes, por las vías del mundo. La lleváis respondiendo a la invitación de Jesús: «Id y haced discípulos de todos los pueblos» (Mt 28,19), que es el tema de la Jornada Mundial de la Juventud de este año. La lleváis para decir a todos que, en la cruz, Jesús ha derribado el muro de la enemistad, que separa a los hombres y a los pueblos, y ha traído la reconciliación y la paz. [...] Los jóvenes deben decir al mundo: Es bueno seguir a Jesús; es bueno ir con Jesús; es bueno el mensaje de Jesús; es bueno salir de uno mismo, a las periferias del mundo y de la existencia, para llevar a Jesús. Tres palabras: alegría, cruz, jóvenes.



ALEGRÍA


El Santo Padre, también nos ha trasmitido la importancia de la alegría:


Esta es la primera palabra que quisiera deciros: alegría. No seáis nunca hombres y mujeres tristes: un cristiano jamás puede serlo. Nunca os dejéis vencer por el desánimo. Nuestra alegría no es algo que nace de tener tantas cosas, sino de haber encontrado a una persona, Jesús; que está entre nosotros; nace del saber que, con él, nunca estamos solos, incluso en los momentos difíciles, aun cuando el camino de la vida tropieza con problemas y obstáculos que parecen insuperables, y ¡hay tantos! Y en este momento viene el enemigo, viene el diablo, tantas veces disfrazado de ángel, e insidiosamente nos dice su palabra. No le escuchéis. Sigamos a Jesús. Nosotros acompañamos, seguimos a Jesús, pero sobre todo sabemos que él nos acompaña y nos carga sobre sus hombros: en esto reside nuestra alegría, la esperanza que hemos de llevar en este mundo nuestro. Y, por favor, no os dejéis robar la esperanza, no dejéis robar la esperanza. Esa que nos da Jesús.